The Ratzinger Times

El suplicio debe llegar al alma

“La desaparición de los suplicios es, pues, el espectáculo que se borra; y es también el relajamiento de la acción sobre el cuerpo del delincuente. Rush, en 1787, dice: “No puedo por menos de esperar que se acerque el tiempo en que la horca, la picota, el patíbulo, el látigo, la rueda, se considerarán, en la historia de los suplicios, como las muestras de la barbarie de los siglos y de los países y como las pruebas de la débil influencia de la razón y de la religión sobre el espíritu humano.”`[…]

No tocar ya el cuerpo, o lo menos posible en todo caso, y eso para herir en él algo que no es el cuerpo mismo. Se dirá: la prisión, la reclusión, los trabajos forzados, el presidio, la interdicción de residencia, la deportación —que han ocupado lugar tan importante en los sistemas penales modernos— son realmente penas “físicas”; a diferencia de la multa, recaen, y directamente, sobre el cuerpo. Pero la relación castigo-cuerpo no es en ellas idéntica a lo que era en los suplicios. El cuerpo se encuentra aquí en situación de instrumento o de intermediario; si se interviene sobre él encerrándolo o haciéndolo trabajar, es para privar al individuo de una libertad considerada a la vez como un derecho y un bien. El cuerpo, según esta penalidad, queda prendido en un sistema de coacción y de privación, de obligaciones y de prohibiciones. El sufrimiento físico, el dolor del cuerpo mismo, no son ya los elementos constitutivos de la pena. El castigo ha pasado de un arte de las sensaciones insoportables a una economía de los derechos suspendidos.

(Foucault, Michel. Vigilar y castigar : nacimiento de la prisión.- 1a, ed.-Buenos Aires : Siglo XXI Editores Argentina, 2002)

Un detenido también debe sentirse como si fuera tocado sin ser tocado, mientras está acurrucado, con las manos encadenadas entre los tobillos encadenados a un candado en el suelo, en un cuarto completamente oscuro, incapaz de encontrar alguna posición del cuerpo que no le cause dolor auto inducido. Seguramente, entre otras cosas, la experiencia crea una cadena de dolor, inmovilidad, y tacto indeseado (sin contacto); y de ser forzado a lastimarse a si mismo por un Poder incorpóreo e invisible. Un éxtasis oscuro, la experiencia no debe ser ni de aislamiento ni de comunión, sino una relación que imita los efectos de las cadenas que atan su cuerpo – la relación de estar enteramente a merced de un Poder ubicuo y sin misericordia. Me lo imagino, a veces, como ser sumergido en una distopía post-moderna, pos Foucauldiana en donde uno es incapaz de nombrar, mucho menos resistir, el poder abrumadormente difuso que está afuera de uno, pero que también está adentro, y que opera a partir de obligarlo a uno a cumplir contra la propia voluntad, contra los intereses
propios, pues no hay manera—ni siquiera una retirada hacia la interioridad—de escapar el dolor. ¿Qué mejor medio que la música para lograr (como una interpretación musical bien lograda) la experiencia del poder ubicuo e incombatible de Occidente (del infiel)?

(La música como tortura / La música como arma Suzanne G. Cusick Traducción: Sebastián Cruz y Ruben Lopez Cano http://www.sibetrans.com/trans/trans10/cusick_cas.htm)

Filed under: armonía, aural, música, políticas, religion, textos, tortura

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