The Ratzinger Times

Chris Marker, de entre los muertos

Miriam manda esto, y aunque creo que hay partes que escribió Marker, tampoco aseguraría cuanto.

Nos hemos encontrado con hombres libres. A ellos les hemos dado el mayor espacio en la película, a los capaces de preguntarse, de negar, de emprender, de reflexionar o simplemente de amar. No carecían de contradicciones e incluso de errores, pero avanzaban con sus errores, y la verdad puede que no sea el fin, aunque quizá sea el camino. Pero nos hemos cruzado también con otros, muchos otros, sobre los que la mirada del prisionero se detiene ligeramente incrédula. Porque, en ellos, la cárcel está en el interior.
¿Pero qué es esto? Estáis en París, capital de un país próspero, en mitad de un mundo que sana lentamente de esas enfermedades hereditarias que tomábamos por las joyas de la familia: la miseria, el hambre, la fatalidad, la lógica. Estáis abriendo, quizá, el segundo cambio de agujas de la historia humana.
¿Entonces? ¿Tenéis miedo de Fantômas?
¿Acaso, como se suele decir, pensáis demasiado en vosotros mismos? ¿No será más bien que, a vuestras anchas, pensáis demasiado en los demás? ¿Tal vez sentís confusamente que vuestra suerte está ligada a la de los demás, que la felicidad y la desgracia son sociedades secretas, tan secretas que estáis afiliados a ellas sin saberlo? ¿Y que, sin oírla, en alguna parte albergáis una voz que dice…
mientras exista la miseria no eres rico,
mientras exista la angustia no eres feliz,
mientras existan las cárceles no eres libre?

El año 1967 contempló la aparición de una raza de adolescentes bastante extraña. Se parecían todos. Se reconocían inmediatamente entre ellos. Parecían poblados por un conocimiento mudo, pero absoluto, de ciertas cuestiones, ciertas acciones, y seguros de que los otros no sabían nada… Sus manos eran increíblemente hábiles para pegar carteles, intercambiar adoquines, escribir frases como bombas, cortas y misteriosas, que permanecían en la memoria, todo buscando otras manos a las que transmitir un mensaje que ellos tenían conciencia de haber recibido sin descifrarlo totalmente… Estas manos frágiles nos han dejado el signo de su fragilidad, ellas mismas lo escribieron un día en una pancarta: “Los obreros tomarán de las manos frágiles de los estudiantes la bandera de la lucha”.
Pero eso fue al año siguiente. (…)
Al volver esta página podemos señalar bastante bien el tipo de añagazas que nos juegan los poderes. El cordón policial era prácticamente infranqueable para los manifestantes desarmados. Tras nosotros, los edificios del Pentágono designados como objetivo de una “acción directa” por los panfletos de los organizadores. Y, a la hora prevista para esta acción, ¡sorpresa! Ni un solo soldado, ni una bayoneta, ni un bidón siquiera de ese dudoso gas anti-tumultos que quema la garganta y los ojos. Solamente unos pocos policías, enseguida desbordados por la masa de manifestantes que aúlla su alegría de haber franqueado una frontera que nadie le disputaba.
Y todo se estabilizó allí, en la marcha, tras una tentativa de penetración más bien simbólica. Los maderos tenían miedo, no habría que haberles prevenido. Yo filmé aquello y lo presenté, para trampear a los tramposos, como una victoria del movimiento… Pero al volver a ver esas imágenes, comparándolas con los relatos de los policías que cuentan cómo ellos mismos prendieron fuego a las comisarías de mayo del 68, me pregunto si unas cuantas de nuestras victorias de los años sesenta no serían exactamente del mismo orden.

En Islandia puse la primera piedra de una película imaginaria.

Allí, aquel verano, encontré a tres niños en una carretera y un volcán que salía del mar. Otro golpe del Gran Arquitecto. Antes de ir a la luna, los astronautas americanos se entrenaron en este rincón de la tierra que se le parece. Allí, enseguida vi un decorado de ciencia-ficción, el paisaje de otro planeta, o quizá no, quizá lo sea del nuestro para alguien de un planeta muy lejano. Lo imagino avanzando por esta tierra volcánica que se pega a la suela de los zapatos con la pesadez de un buzo. De golpe, tropieza, y el siguiente paso lo da un año después por un pequeño sendero cerca de la frontera holandesa, a lo largo de una reserva de aves acuáticas. He aquí un punto de partida. ¿Por qué este salto en el tiempo, esta conexión de recuerdos? Justamente él no lo puede entender. No viene de otro planeta, viene de nuestro futuro. 4001, la era en que el cerebro humano alcanza el pleno empleo. Todo funciona a la perfección, así que dejamos que todo duerma, incluida la memoria. Consecuencia lógica: una memoria total es una memoria anestesiada. Después de muchas historias de hombres que perdieron la memoria, aquí hay una de un hombre que ha perdido el olvido y que, por una rareza de su naturaleza, en lugar de estar orgulloso y despreciar la humanidad del pasado y sus tinieblas, es atrapado por ella primero por curiosidad y después por compasión. En el mundo del que viene, evocar un recuerdo, emocionarse ante un retrato, temblar al escuchar música, no pueden ser más que signos de una prehistoria larga y dolorosa. Él quiere entender. Siente que estas imperfecciones del Tiempo son una injusticia, y frente a esta injusticia reacciona como el Che, como los jóvenes de los ’60, con indignación. Es un tercermundista del Tiempo; la idea de que la desgracia haya existido en el pasado de su planeta es para él tan insoportable como lo es para ellos la existencia de la miseria en su presente. Naturalmente fracasará, la desgracia que descubre le es tan inaccesible como inimaginable es la miseria de un país pobre para los niños de un país rico. Ha elegido renunciar a sus privilegios, pero no puede hacer nada contra el privilegio de haber elegido. Su único viático es lo que le ha lanzado a esta absurda búsqueda, un ciclo de melodías de Mussorgsky. Aún se cantan en el siglo 40. Han perdido el sentido, pero es allí donde por primera vez ha percibido la presencia de eso que no comprende, que tiene que ver con la desgracia y la memoria, que tiene que intentar comprender a cualquier precio y hacia lo cual, con la pesadez de un buzo, se ha puesto en marcha.
Seguramente nunca haré esta película. Sin embargo reúno los decorados, invento los diálogos, incluyo a mis criaturas favoritas, incluso le pongo un título, justamente el de las melodías de Mussorgsky: “Sin Sol”.

Filed under: audiovisual, políticas

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