The Ratzinger Times

MADRID-NOISE V: Ruido contra la lucha contra el ruido


“Centenares de personas secundaron anoche una ruidosa y reivindicativa cacerolada en la plaza de Chueca de Madrid para protestar por la decisión municipal de no autorizar actuaciones musicales en esta plaza durante el próximo el Orgullo Gay, una prohibición que amenaza con echar por tierra las fiestas.” […El País]

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Cuando las cosas se hacen bien


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Artículo 41

Aprovecho este artículo publicado en Mediateletipos para colgar en Box el texto Políticas de un Espacio Aural

El tandem medioambiente-policía de Ana Botella y Pedro Luis Calvo Poch vuelve a la carga tras las palabras de Gallardón, Alcalde de Madrid. La consejera de Medio Ambiente y el Delegado de Seguridad y Movilidad anuncian estos días un nuevo artículo, 41, en la ley de ruidos y vibraciones del Ayuntamiento de Madrid para regular los sonidos indeseados, coches, alarmas … y músicos callejeros.
A excepción claro de los actos musicales acordados por el ayuntamiento.
Una vez más es mi música, tu ruido.

Para los que no conozcan al tandem, Ana Botella es esa señora defensora de la familia que salió mal parada de una reunaión en el Cogam acusada de hipócrita. Pedro Luis es ese señor que ha colocado cámaras de vigilancia hasta en el interior de los autobuses, su carrera de joven prodigio en la política liberal y en la destrucción de la privacidad y el espacio común es destacable. Gracias Pedro Luis.

Ya nos tienen acostumbrados a su lenguaje electoralista de no dar tregua al ruido, haciendo de un concepto un enemigo como lo hacen de una capucha o una barba. Pornoterroristas, ciclistas sin casco, fumadores, músicos sin licencia, sois el enemigo ruidoso de la cementación europea. ¡Gamberros!

Un paso más para el monopolio del sonido ambiente, su customización y su politización opresiva. Una norma más para el control del espacio común que se transforma poco a poco en un espacio de comercio, donde el intercambio y la opinión son imposibles. Poco (nada) se deja a la confrontación ideológica con el sonido del Otro de la que habla Brandom Labelle y desde donde puede crecer la ideología, nada para la reflexión sobre esta interpretación económica y produccionista del sonido y su suelo.
Si no tienes suelo y dinero, será mejor que te estés callado.
Rodeados de personas que piensan que la música se puede comprar o vender en relación al plástico que la soporta, no son de extrañar normas que piensen en las relaciones entre sonido y espacio como relaciones de arrendamiento y de venta.
Hace relativamente poco hablábamos de una cartel en la Plaza de Santa Ana de Madrid una plaza, para quien no la conozca, colonizada literalmente por las terrazas de los bares. Un plaza en la que sólo pueden sentarse personas con cierto nivel económico, los ricos vaya, o los que queramos aparentarlo. Durante unos días colgó de un balcón una pancarta que decía “vuestros euros, nuestro ruido” en referencia al pago que daban los terraceantes a los músicos.
Hace poco con ocasión de Sound Localities pude hacer una broma sobre el arte conceptual, pero cargada contra el tandem de sonofóbicos de Medio Ambiente de Madrid. Fui al portal de ese mismo edificio en Santa Ana y grabé la hora de la siesta de un domingo. Este creo que es el sonido que quieren nuestros ayuntadores.

Este es el silencio plano que caracteriza las plazas de hormigón, donde las familias pueden pagar por cocacolas y cervezas. Creo haber oído un pájaro, pero no se si era el freno de un taxi.

Ahora que las terrazas no son cosa del verano con la lei antitabaco que parece un ensayo para ver hasta cuanto de profundo podían clavárnosla con la reforma laboral, nuestro querido ayuntamiento se ocupa de subvencionar estufas y luces para la colonización de las aceras y plazas, paso lógico para la destrucción definitiva del espacio común de Madrid.
Caminar cualquier tarde por esta ciudad es asistir a la triste evidencia del triunfo del buen rollo, de los dueños de los bares fumando solos en la puerta de su local, de la europeización más caustica que suena a cemento, que busca un paisaje sonoro plano, almidonado y gris como los trajes de romano de los trabajadores del ayuntamiento.
Volviendo a Brandom Labelle y a su revisión del mito del panopticismo y la opresión distópica en los espacios acústicos, hay que recordar que es el silencio, el silencio de las cárceles, el silencio como espacio del remordimiento, es el sonido más opresivo de todos. Un silencio no como el de Cage, ese silencio común y libre, sino un silencio esculpido, estanco y costoso.

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MADRID-NOISE (IV) Dibujos





Dibujos de paisajes sonoros hechos por niños según el Ayuntamiento de Madrid.

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Noise is a poor people thing

Miriam, que seguramente me haya hecho pensar en ciertas cosas más que muchos libros y que la mayoría de los profesores, me envía hoy un fragmento de Efusión y Tormento. Ella no cita la fuente en su mail, porque se toma muy en serio a Benjamin, pero yo tenía la necesidad de saber cómo seguía ese capítulo.
Las fotos son del Mercado de San Miguel de Madrid, sólo comparen actitudes y clientela y se verá muy bien la reorganización del suelo de esta ciudad.

En el principio está el ruido, la muchedumbre y el polvo, la oleada de los desplazamientos a caballo, en coche o incluso a pie, algo así como un inmenso rumor, por momentos interrumpido por insoportables estridencias. Precisamente, allí resulta difícil oír cualquier cosa, excepto el clamor persistente y cálido de una ciudad donde cada momento se ve acompañado por el ensordecedor alboroto causado por los oficios ejercidos al aire libre, los cascos de los caballos sobre los adoquines, los secos chasquidos de las fustas de los cocheros, los incontables constructores de edificios que golpean la madera y tantos otros materiales con sus herramientas de hierro, los llamados de los pasantes y por una suerte de rumor ensordecedor. Se oye un perpetuo zumbido o un bordoneo embriagador, interrumpido aquí y allí por crepitaciones que se vuelven sordos rugidos. Algunos barrios tienen el ruido de los gemidos de la miseria, otros, el de la actividad furiosa y la batahola. A veces, si se para la oreja, se distingue alguna música, canciones, un tambor militar, la repetición de un estribillo, el sonido de las campanas al vuelo atravesando el tiempo. Pero es difícil aislar un sonido cualquiera, un llamado cualquiera: parecería el gran viento del mar que lo obliga a chocar contra los peñascos. Se oyen golpes y gritos, crujidos y choques de manos, risas demasiado fuertes o llantos, injurias o encantos con fuertes abrazos.
En ese escándalo, las orillas del Sena son las más impresionantes, aunque no es seguro que las lavanderas, pese a lo que se diga de ellas, sean las más responsables. Por los puertos del Sena, donde el trabajo se hace en la desnudez de las orillas blandas, circulan las mercancías acarreadas por barcos. Al acercarse la temporada fría, si se está en las orillas del río, llega de lejos un pesado rugido, que se infla como las nubes de tormenta y anuncia la llegada sobre el agua de los troncos de madera, luego inmovilizados por todo un dispositivo de cadenas, ganchos y chatarra y luego cortados para hacer leña.
Superada la primera impresión, la oreja se organiza: reconoce, o al menos se vuelve capaz de reconocer, las distintas señales emitidas. En pleno corazón del paso desenfrenado de las carrozas, del relincho de los caballos y fuera del sonido rítmico de las campanadas de las iglesias, las llamadas específicas y particulares atraen la atención y taladran el oído sin delicadeza. Luego, cada oficio, cada comerciante ambulante posee y perfecciona su grito: voces penetrantes y agudas se lanzan sobre los techos y rasgan el aire, la mercadería se canta con alaridos exacerbados por los agudos.

Hay que oírlos lanzar sus voces sobre los techos, su garganta supera el ruido y el alboroto de las esquinas. Al extranjero le resulta imposible comprender esto; el propio parisino sólo lo distingue por la rutina. Todos esos gritos discordantes forman un todo del que no se tiene ninguna idea hasta que no se lo ha oído.

El vendedor ambulante, molesto por el sonido de las voces de los comerciantes de chatarra, salta de una nota a otra con guturales exasperantes; la vendedora de gofres, débil e intensa, precipita su voz en agudos casi insoportables; sin contar al aguador o a la vendedora de encajes, que intenta tapar el conjunto mediante otras estratagemas vocales. Cada alimento, cada bebida o bagatela, cada objeto indispensable o de pacotilla tiene su estridencia, su melodía, su flujo y reflujo y sus entonaciones, que proveen asombrosas “figuras verbales y musicales”. Eso aún no sería nada si cada día no se clamaran a voz en cuello las ordenanzas, los avisos o los anuncios de guerras, castigos o ejecuciones. Pero lo que llena el aire de la manera más imperativa es el anuncio gritado de los alimentos: los vendedores gritan el nombre de su mercadería, gallinas, arenques, puerros, que trazan vocalmente una melodía discordante, un universo musical corporal y carnal cargado de sentido y a gusto de cada uno. En ese bullicio, los ruidos sólo pueden reconocerse por acostumbramiento, la rutina auditiva termina por aceptar que la oreja desgarrada distinga algunas informaciones importantes y necesarias para la vida cotidiana.
La sociedad más acomodada, la del barrio Saint-Germain o el Marais, no tiene la oreja entrenada. Les delega esa responsabilidad a sus criados y sirvientas:

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MADRID-NOISE (III) Escucha las calles

pinchoycorto

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